RELATO CORTO
Hoy posteo aquel relato del que hablaba hace unos días. Un relato que ganó el Premio de Relato Corto del Instituto Andrés Bello de Santa Cruz de Tenerife y que tiene la historia que comenté en su momento. Una crítica dura hacia el profesorado y una visión oscura y pesimista del sistema educativo y de la sociedad. Escrito en el año 1993.
--------------------------------
La alarma volvió a sonar. Nuevamente, la tranquilidad del sueño, se estropeaba con ese maldito ruido tantas voces odiado. El sol, irrumpiendo maliciosamente por unos de los huecos de la persiana, alumbraba con rabia, la placentera oscuridad de la noche.
Estaba cansado, no tenía ganas de levantarme y menos de ir a clase – había entrenado la tarde anterior y mis piernas eran llagas de dolor que palpitaban con violencia – no podía moverme, estaba destrozado. Me agarraba fuertemente a todo lo que podía y caminaba con los ojos medio cerrados, tropezando con los armarios de mi habitación como un torpe ciego en la oscuridad. Entré en el baño con la dificultad habitual. El agua estaba helada. Estrellas de colores bailaban delante de mí como en sueño. Me di cuenta de que todavía estaba adormilado y de que mi mente no se encontraba aún en el mundo real. Sentí sobre mi cara como una cascada fría atravesando mi piel mientras golpeaba con el agua mis ojos divididos entre el sueño y la vigilia y procuré abrir los párpados ante aquel parto antinatural.
Después desayuné poco. Esta vez no tenía ganas de comer lo mismo que otras mañanas. La rutina a veces era tan deprimente que los movimientos que hacía al despertarme eran gobernados por la inercia y como una máquina, me dejaba llevar por los impulsos que mi cerebro, en un estado de trance aletargado, mandaba al resto de mi cuerpo como órdenes en forma de costumbre.
Mi mente se quedaba en algunos momentos en blanco mientras pasaban los minutos previos a marcharme a clase. En esos momentos, por mi cabeza pasaban todas las ideas de renuncia y abandono. Ganas de volverme a la cama y acostarme de nuevo, para ocultarme como un niño tras las sábanas de mi cansancio. Pero no tenía opción, debía salir a la calle y enfrentarme a mis obligaciones. A lo que yo, sin ninguna motivación, hacía todas las mañanas: escuchar inútiles palabras durante seis horas.
En la guagua me entretenía. Me gustaba ver la cantidad de gente que entraba y salía. Sus distintas caras, sus distintos peinados, sus diferentes diálogos y expresiones. A veces había gente muy extraña. Se cambiaban mil veces de sitio durante y el viaje y nunca estaban conforme con el aire que se desprendía de las ventanas. Siempre cerraban una y después otra, y luego me hacía gracia ver a otras personas que entraban y se las abrían de nuevo.
Hoy el aire es frío. No hay casi nadie en sentado y las ventanas están todas cerradas. Un viejo vagabundo con unas ropas muy viejas y un cartón de vino se ha sentado delante de mí habla a gritos con el conductor. Él hace que le entiende y articula varias palabras con el viejo borracho. Dos personas detrás de mí murmuran con pedantería y exclaman para sí: “Que mal está el mundo”.
Una curva y un frenazo. Un coche se ha metido por delante y el chófer no lo ha visto. El vagabundo grita: “¡Cabrón, estas sssiego!, haciendo al coche un gesto no muy educado. Las mujeres de detrás se exaltan con violencia y tocan el timbre para bajarse. El conductor abre las puertas en la siguiente parada y las dos mujeres se bajan. Ahora las veo.
Vestidas de negro y con unas narices aguileñas, se agarran fuertemente la una a la otra como protegiéndose del mundo en el que viven y se alejan con un paso temeroso, mascullando entre ellas.
La rutina es inevitable, siempre viaja contigo. Hagas lo que hagas es como una compañera inseparable que nunca se aparta de ti. A veces piensas en lo que haces todas las mañanas y te das cuenta de que siempre es lo mismo, de que no cambia nada, de que la vida de verdad se te escapa en una monótona ausencia de sorpresas y alegrías. Miro por la ventana de la guagua y veo las mismas calles, los mismos edificios, las mismas tiendas y personas. Y permanecen en mí los mismos sentimientos de aburrimiento, cansancio y soledad, como sí ya fueran parte de mí.
Mi parada. Aquí me bajo siempre. Salgo de la guagua y un frío intenso se apodera de mi cuerpo. Me aferro la chaqueta al cuello y me froto las manos con fuerza. Una niebla sale de mi boca con recelo y desaparece lentamente en el aire. Camino despacio, no hay prisa, quedan tres minutos para entrar a clase. El semáforo se pone en rojo y los coches pasan violentamente por la calle durante unos segundos. La gente caminaba con rapidez, se nota en sus caras tristes la felicidad del trabajo matutino. El semáforo cambia de color y cruzo la calle. Mis pasos son los mismos que doy cada mañana, sin varias ninguno, exactamente noventa hasta llegar a la puerta del Instituto. Un grupo de alumnos entra en esos momentos, tienen la misma cara de malhumor de todos los días. Entro con ellos, la sombra del edificio cae sobre mí como la de un cuervo volando por encima. Subo las escaleras, cuarenta escalones me separan del pasillo que conduce hasta mi aula. Noto en mis piernas cansadas un duro pinchazo a cada paso que doy. Me agarro a la barandilla y maldigo la mala suerte que tengo con palabras inútiles que se pierden en mi interior.
No me acuerdo de la clase que tengo ahora. No sé sí es Literatura o Lengua. Quizás ninguna de las dos, pero estoy seguro y Dios quiera que así sea, de que no es Filosofía. No estaría preparado para aguantar un discurso “platónico “en esos momentos de cansancio y sueño. Y menos de mantener la atención a tantas palabras exóticas de los antiguos pensadores griegos que mantenían que la creencia de la mujer no tenía alma.
Entro en mi clase. Casi está llena. Diferentes grupos de falsos amigos hablan entre sí con excesivo protagonismo y diluyen entre sus frases las esperanzas de cambiar las cosas. Dirijo mi vista sobre mi sitio. Un alumno está sentado en mi mesa y habla gesticulando con otro que le escucha atentamente. Me acerco suavemente y los ojos de éste se cruzan con los míos con temor. Abandona rápidamente mi cómodo e improvisado sillón de madera y regresa a su sitio pidiéndome perdón con un gesto con la mano.
Dejo mis libros sobre mi mesa y aparto la silla para sentarme. Siento un reconfortante descanso al hacerlo. Mis piernas doloridas se relajan por un momento mientras cierro los ojos con alivio. De repente, los alumnos entran con urgencia y se sientan en sus respectivos sitios con absoluta rapidez. El profesor de Literatura entra despacio por la puerta con una amenazadora presencia y deja en silencio la ya desanimada clase.
Es un hombre vulgar, entrado en años, con esos años de experiencia inútil que tanto echan en cara los profesores. Su cara, gobernada por un gesto de seriedad forzada, atemoriza a los alumnos, que ven en él a un presbítero inquisidor de la edad media.
Se pavonea con pasos medidos por la clase, con un libro bajo el brazo, como un gran intelectual, mientras mira a sus alumnos con los ojos entreabiertos, rebuscando en su interior la palabra adecuada para comenzar su homilía.
Al fin empieza, como un magistral hombre de letras, mencionando alguna que otra cita barata, recogida en alguna revista del montón y articulando leves y suaves palabras que se traslucen en la atmósfera como expresiones estúpidas y caducas.
Un chorro de artificial improvisación sale de su boca mientras los alumnos copian incansablemente todo lo que dice. Yo me aburro, nada de lo que dice es nuevo. Se remite a mencionar palabras escritas y no enseña nada. Su trabajo es ineficaz e inservible, como siempre.
Un suave y lejano murmullo, casi inaudible, se desliza por la clase. Dos alumnos se preguntan algo entre sí. El catedrático se para e interrumpe su oratoria con fastidio. Mira con desprecio a los dos alumnos como un volcán antes de estallar y suspira con un mal aire su furioso enfado. Los alumnos atemorizados por el incómodo silencio, tragan saliva con dificultad y se secan el sudor de la frente con sus temblorosas manos. El profesor, tras unos segundos, continúa con su hipócrita voz de pedagogo y resalta las Bienaventuranzas de Machado con los ojos cerrados, volviendo a su estado de pasividad doctrinal.
El espacio se condensa cada vez más en la clase y un aura de desilusión se deposita alrededor de todos nosotros. Las palabras del Gran Ilustrado ya no son recogidas por la mayoría de los alumnos y se pierden en el aire incapaces de ser escuchadas por nadie. Miro a mi alrededor. Los rostros de los demás no son diferentes al mío. Unos se retuercen de aburrimiento con discreción, otros dibujan garabatos sin sentido en el cuaderno, otros oyen pero no escuchan y otros en cambio se limitan a copiar lo que va diciendo el profesor, como sí de máquinas se trataran.
Un bolígrafo que cae. El semblante de una alumna se vuelve blanco de terror. Ha cometido la equivocación de dejar caer algo al suelo y el insignificante ruido ha molestado en su discurso al magistrado, que cesa otra vez de hablar con un gesto peor que el de antes y atraviesa con su cólera a la inocente y frágil alumna. La niña mira con miedo a su ejecutante y tiembla de pánico mientras él, con su mirada retorcida escondida tras unas gafas de perversidad, le lanza rayos de odio y rencor. Un sentimiento de indignación me invade de pronto. Su maldito complejo de superioridad, su gran error de creerse más inteligente que cualquier alumno y su abuso de poder, me producen enormes nauseas. La alumna con los ojos llorosos, pide clemencia con la mirada baja mientras el verdugo académico derrama su agresividad, ocultando con su cargo, su enorme ignorancia y falta de sentimientos.
Ser profesor para esto. Hablar y hablar sin decir nada. Leer guiones dictados y no saber explicar. Intentar dar miedo con su presencia y pretender con su imagen de ridículo arquitecto de palabras jubilado que puede hacer daño con sus amenazas. Pensar que su recuerdo va a quedar reflejado en nuestra memoria para siempre, imaginando que es tan importante, cuando la mayoría de nosotros no se acordará nunca de él. No entiende que un mero instrumento del que nos servimos para progresar y cree que puede arruinar la estabilidad de cualquier persona con su repugnante talento al servicio de la sociedad.
Ahora exclama frases repletas de insultos y burlas, delicadamente estudiadas para no buscarse problemas ante algún supuesto rebelde que tuviera valor de denunciarle y agrede con su falso conocimiento de la situación a todos los alumnos, a los que pone en una inexistente escala de valores por debajo de su persona, manifestando con ello su actitud abusiva y reprimida, típica de un déspota licenciado.
Mis sentimientos se apaciguan. De pronto veo en él a un pobre hombre de letras, que se siente fracasado ante tanto brote de ilusión. La ilusión que ve en nosotros y que tanto envidia. Ve como el tiempo se le ha terminado y no entiende que unos chicos con tan poca edad tengan sueños y vayan a ser mejores que él o a triunfar en la vida y por supuesto a no ser nunca lo que él representa.
De nuevo empieza a hablar con su estúpida dicción de pueblo, castigándonos una y otra vez con un látigo de palabras rutinarias que repite sin cesar. Sin duda es un obsesivo y enfermizo colaborador del sufrimiento.
Los minutos pasan despacio, muy lentamente, con asombrosa suavidad. La hora se va haciendo pesadamente dura en su totalidad inerte y se agranda en los segundos que, como sí de días enteros se trataran, camina con lentitud, entre las palabras absurdas y vacías de sentido del profesor.
Una palabra, una frase perdida en el vicioso aire de la oscura y aturdida clase. Las caras sombrías y adormiladas de los alumnos se diluyen entre las notas musicales del breve silencio, que interrumpido por el vasto discurso del ensalzado en letras, se aproxima tras una creciente y lejana esperanza.
Una mirada cómplice aparece. Unos ojos que llevan tras sus pupilas el ansiado momento de oír el delicioso sonido del timbre salvador, que espera en su pacto con el tiempo, el oportuno instante de avisar que el sufrimiento ha llegado a su fin.
Y llegó.
Fue como un estallido de esperanza. Un resurgir de todas nuestras ilusiones y deseos. Una explosión que activó de nuevo todos nuestros sentidos y nos devolvió a la vida. Un sonido tantas veces amado.
Se veían en las caras de todos nosotros unas alegres y relucientes miradas. Se notaba un aire fresco correr entre la clase, un aire de renovación y descanso. El profesor de Literatura exprimía sus últimos segundos de clase mientras dictaba, agarrándose cual garrapata a su perro y mandaba ejercicios para casa, sin duda como venganza. Ejercicios tontos, que le evitaban la tarea de trabajar en casa y le dejaban mucho más tiempo para leer los libros que tanto nos echaba en cara cuando daba su clase.
Los alumnos salen de la clase como caballos en una estampida y el profesor en letras se pierde en el anonimato del enfervorizado tumulto, escondiéndose bajo su disfraz de personaje importante.
Yo que me quedo sentado. La clase está desierta. De lejos se escucha un enfrascado debate de palabras sin sentido. Cuentos, relatos de fin de semana y falsas historias que sueltan los alumnos por la boca como serpientes asquerosas, manteniendo sus imágenes de cualquier duda de simplicidad ante la sociedad.
Mis ojos se vuelven borrosos y pierdo poco a poco el sentido de la realidad. Noto una paz inmensa y me dejo llevar por la sensación de plenitud, que como sí de una hoja al viento se tratase, me desliza suavemente por una oscura sensación de ingravidez. Me siento bien, descansado, feliz, sin preocupaciones…
La alarma volvió a sonar. Nuevamente, la tranquilidad del sueño, se estropeaba con ese maldito ruido tanta veces odiado. El sol, irrumpiendo maliciosamente por unos del hueco de la persiana, alumbraba con rabia, la placentera oscuridad de la noche.
Javi Cortés
No hay comentarios:
Publicar un comentario