Los padres de Yaiza estaban
nerviosos. Llegaba Navidad y quedaban regalos pendientes. Marta, su madre,
tenía la ligera sospecha de que su hija pensaba que este año Papa Noel no le
iba a traer la muñeca que había pedido. Era muy tarde y la noche ya había caído
como un manto de espuma blanca sobre los edificios y casas de la ciudad. Los
padres de Yaiza, después de todo, llegaron a tiempo. Querían verla cuando
abriera los regalos y contemplar aquella cara de sorpresa, ilusión y felicidad que
mostraban sus pequeñitos ojos en años anteriores. Alrededor suyo, fueron
apareciendo los paquetes, uno tras otro. Y Yaiza fue feliz. En aquella cama fría
como la nieve, por un instante, los tubos y las agujas desaparecieron.

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